miércoles, 9 de abril de 2014

La música estimula, sensibiliza y mejora el aprendizaje



Ahora que aún continúa la polémica sobre una de las últimas desafortunadas decisiones del ministro de educación cuya víctima ha sido la clase de música, la Consejería de Educación valenciana y la Universidad de Valencia han publicado unos datos esperanzadores. Se trata de los últimos resultados del proyecto Amure, un estudio piloto realizado con 80 niños de distintas escuelas valencianas. Según estos datos, los estudios musicales mejoran el rendimiento académico, aumentan la motivación de los alumnos, así como su austoestima y atención y refuerzan los hábitos de estudio y disciplina. Os invito a que leáis los recultados completos en esta noticia

Es cierto que el estudio es muy reducido y aún no muestra datos definitivos pero viene a corroborar lo que siempre se ha dicho de la formación musical. Y de la música en general.

Me parece curioso que cuando estás embarazada empiezas a recibir una serie de inputs relacionados con la importancia de la música en los bebés antes y después de nacer; te invitan a poner los auriculares en tu inmensa barriga porque te dicen que es beneficioso para el pequeño; los carruseles musicales para las cunas incorporan música de Mozart porque según dicen ayuda a su desarrollo sensorial… todo envuelto en la bonita palabra “musicoterapia”. 

Vale, genial, pero cuando esos mismos pequeños que han escuchado las más hermosas melodías sin saber siquiera hablar, empiezan el colegio, la música desaparece del proyecto educativo. Sí, bueno, cantan cancioncillas y todo eso, pero poco más. Y dentro de poco, ni eso. 

Mientras en otros países, los niños más pequeños nacen no con un pan sino con un instrumento bajo el brazo, aquí nos dedicamos a denostar la formación musical (además de otras muchas formaciones). 

La música, aprender su lenguaje, sus misterios, saber interpretarla, debería ser indispensable y no sólo porque cada vez está más claro que mejora la capacidad de aprendizaje en general (que también) sino porque aprender música, acercarse a ella para descubrirla y vivirla, ayuda a sensibilizar a los niños. Mientras para algunos es una pérdida de tiempo, yo creo firmemente que es una manera fantástica de ocupar el tiempo, antes que ver la tele o jugar a los videojuegos o antes que incluir en el plan de estudios asignaturas de lo más absurdas. Pero parece ser que, una vez más, voy contracorriente.

martes, 8 de abril de 2014

La lengua de nuestros hijos, otra arma política



Hace mucho tiempo que vengo leyendo noticias relacionadas con la pugna entre padres, escuelas, administraciones públicas acerca el bilingüismo en Cataluña. Una discusión (bizantina y manipulada por ambas partes) en la que no voy a entrar. 

Pero lo que sí quiero manifestar es que estoy (y creo que mucha gente como yo) empezando a hartarme de las constantes cortinas de humo para evitar afrontar los verdaderos problemas de la sociedad en general y la educación en particular

En el tema de la lengua de escolarización en Cataluña se está llegando a límites que rayan lo absurdo. Se están gastando esfuerzos y dinero para imponer una lengua (u otra) cuando nos estamos olvidando de analizar en profundidad nuestro sistema educativo. 

Y es que, de verdad, a los niños les da exactamente igual en qué lengua les hables. Son auténticas esponjas y son capaces de asumir distintos idiomas sin ser conscientes de ello. 

Aquí va mi experiencia (que creo que es la de muchos padres por estos lares). Para empezar, he tenido que recurrir a la escuela concertada, más bien cara, para poder garantizar a mis hijos una educación mínimamente decente. En un colegio catalogado como trilingüe (catalán, castellano e inglés) los niños y niñas desde la guardería conviven de manera natural con las tres lenguas. Es fantástico ver como un día llega tu pequeña princesa a casa cantando una canción en inglés; a tu pequeño gran hombre dirigiéndose a su abuelo en catalán y hablando acto seguido a su amiguito en castellano. 

Un día mi hijo le decía a su hermana, el catalán es la lengua que habla el “avi” (su abuelo) y el inglés la que hablan las “teachers”. Con cuatro y seis años saben perfectamente diferenciar las tres lenguas y cual utilizar dependiendo de con quién están hablando.

Yo no tuve la suerte de aprender así el inglés pero el catalán y el castellano los asumí tal cual. De manera natural, en casa, en el colegio, en el parque. Para mí el bilingüismo, trilingüismo, cuatrilingüismo debería ser así. Y que la lengua no fuera utilizada como arma arrojadiza por nadie.

Porque nuestros abuelos sufrieran la prohibición de no poder hablar en su lengua materna no debería ser razón de peso (ni de nada) para hacer ahora lo mismo pero a la inversa.

Nos preocupamos (se preocupan) demasiado en este tema cuando los sistemas educativos de nuestro país, territorio, estado, patria, o lo que sea, van degradándose por momentos.

jueves, 27 de marzo de 2014

Quiero ser mujer (y que mi hija también lo sea)



Últimamente estoy leyendo cierto debate existencial en las redes y en artículos de distintos medios referente a los estereotipos sociales que separan a hombres y mujeres. Una discusión en la que encontramos posiciones radicales (inevitable, por otro lado) y otras más moderadas (por suerte).

Personalmente estoy en contra de que a una niña se le enseñe a fregar platos mientras su hermano está repantingado en el sofá. Me parece que esto ya está más que superado, al menos de cara a la opinión social en general. Creo que niños y niñas cada vez se tratan con mayor igualdad en lo que a conceptos esenciales se refiere, dígase responsabilidades en el hogar, respeto mutuo, rutinas, acceso a la educación…

Pero lo siento. Me niego a negar, valga la redundancia, las diferencias esenciales, naturales, básicas, de hombres y mujeres. Quiero que mi hija sepa que es ella y mi hijo él. Que sean conscientes que físicamente son diferentes y que puede que tengan inclinaciones distintas vinculadas a su género. 

Ya sé que habrán algunos o algunas que se me echarán a la yugular (ya lo han hecho en otras ocasiones por lo que ya estoy curada de espanto). Pero insisto, los niños deben crecer creyendo en la igualdad de oportunidades, el respeto entre personas (sean del género que sean) y los valores humanos más básicos. Aunque sabiendo también que una mujer puede ser madre, para empezar, puede ser más sensible, tener unas aptitudes distintas que los hombres, un poco más “bestias” y con unos caracteres más “sencillos”, dicho sin ningún tipo de intención. Y si para ello los tengo que distinguir con azul y rosa, pelota y Hello Kitty, pues oye, yo encantada. Siempre respetando que uno pueda jugar con muñecas y la otra con la pelota. Con naturalidad, RESPETO, siempre RESPETO, pero sin negar la evidencia. Creo que las cosas son más sencillas de lo que algunas mentes retorcidas nos quieren hacer creer. Por lo que no le voy a negar a mi hija un vestido rosa (si le gusta) ni a mi hijo que juegue con espadas (si es lo que le apasiona).

Pero digo todo esto porque hay momentos en los que me siento culpable de comprarle a mi hija un kit de princesa o a mi hijo unas cartas de Pokemon. Como si eso fuera a ser determinante para su comportamiento hacia el otro sexo. Y ahora que me acuerdo, la vez que le regalaron a mi hija un set de limpieza alguien un poco más y me come. Un juguete que, por otro lado, utilizan indistintamente, para limpiar, usarlos de espada o de stick de hockey. No sé por qué le “cayó” a mi hija en su cumpleaños pero dudo que fuera con ninguna intención. 

Sigo. A mi hija le regalaron una plancha de la Hello Kitty que se ha quedado muerta de asco al fondo de un cajón mientras mi hijo me pedía hace unos días que le dejara a él planchar.

Cuando enseño a mis hijos que no se pega, el mensaje va dirigido a los dos. Cuando se pone la mesa en casa, van uno detrás de otro. Y así con muchos ejemplos que no voy a seguir apuntando para no aburrir al personal. 

Me parece curioso que constantemente se publiquen estudios sobre las capacidades intelectuales de las mujeres, la naturaleza del hombre, por qué unos tienen más resistencia física y otras son más capaces de según que tipo de trabajos, y en la infancia nos empeñemos en negarles que uno es uno y una es una. Yo creo que es porque se confunden los términos. Deberíamos dejar de obsesionarnos con los “estereotipos”, los colores, los juguetes, las pelotas, el azul, el rosa, y demás, que no dejan de ser cuestiones secundarias, al menos para mí. Lo importante es educarles en la igualdad de personas sin olvidar la diferencia de sexos, vista como eso, como una diferencia, y no como una desigualdad de uno respecto a otro.

Y ahora sólo hablo de cara a las niñas. Si queremos que en el futuro sean feministas convencidas, prefiero que lo sean defendiendo su naturaleza como mujeres que no empeñándose en negar la evidencia y querer imitar a los hombres. Por poner un ejemplo, para conseguir sus mismos sueldos no tenemos que renegar de lo que somos, hemos de luchar por una igualdad de derechos sin vender en ningún momento nuestra propia esencia.

Pero como siempre digo, es mi humilde opinión.

martes, 25 de marzo de 2014

¿Es buena la competitividad?



Toda madre que se precie, espera que su hijo sea el mejor, el más guapo, el más inteligente. Es inevitable desear para nuestros pequeños una vida de éxitos. Para eso les preparamos, les enseñamos, escogemos buenas escuelas. Pero a veces nos olvidamos de que los niños son niños y no siempre quieren lo mismo que nosotros o quizás no están preparados para asumir cierta presión impuesta por una sociedad altamente competitiva. 

Tener un espíritu competitivo, inculcarlo o vivirlo puede ser bueno para trabajar la autosuperación pero como siempre, sin pasarse. En el colegio, mi pequeño gran hombre incentivan la lectura diaria con pegatinas que pueden ir poniendo en la carpeta y el que más tiene es el que más a leído. Las famosas caras contentas o las medallas de cartulina por haber sido el mejor también son clásicos. Personalmente pienso que es una buena manera de motivarlos. 

El problema viene cuando, a pesar de haberse esforzado, no consiguen el objetivo deseado. En este sentido hemos tenido una experiencia múltiple en casa con un concurso en la escuela de música donde van mis enanos después del colegio. Dentro de las actividades de la semana cultural, organizaron un concurso al que los dos se apuntaron muy entusiasmados. Pero, a pesar de haber pasado a la final, para mí todo un éxito pues es el primer año que están en el centro, no consiguieron ganar. Mi pequeña princesa que aun no lo tiene muy claro, se conformó con la bolsita de chuches y el lápiz con notas musicales que les regalaron a todos los concursantes. Pero el mozalbete-aspirante-a-cantor no se conformó tan fácilmente. Fue una de sus primeras frustraciones a gran escala que tuvimos que gestionar apelando al orgullo materno, al esfuerzo realizado y al, otra vez será o lo importante es haber participado. 

A pesar de que lo pasó un poco mal y experimentó la derrota, creo que en la vida la competitividad debe existir, con unas reglas lógicas y sin jugar sucio con la creencia del “todo vale”. Pero es una manera de que entiendan que si se esfuerzan serán buenos y sino, puede que lo tengan más complicado. 

lunes, 24 de marzo de 2014

Vamos a la cama, que hay que descansar (o no)



Seguramente muchos de mi generación e incluso un poco mayores, rozando los cuarenta o traspasándolos, recordarán aquellos simpáticos dibujos animados (¡en blanco y negro!) que aparecían en las televisiones de nuestros hogares, aquellas cajas de madera con dos o tres botones (¡y sin mando a distancia!) que invitaban a los niños a irse a la cama.

Ya no recuerdo si eran las ocho o las nueve, pero lo cierto que aquellos enanos de la familia Telerín avisaban que empezaban contenidos no aptos para los más pequeños de la casa. Y al menos, en la mía, se cumplía a rajatabla.

Es cierto que los tiempos han cambiado y hemos cambiado en muchas cosas a mejor. Pero en otras muchas cosas, creo, hemos ido a peor. Estos días en que aún se vive la resaca de uno de los mayores éxitos televisivos de los últimos meses, se está hablando mucho de su contenido y su público. Me refiero a La voz kids, ese formato infantil de otro programa para adultos. Un programa que, a pesar de tener a niños como protagonistas y estar dirigido en su mayor parte a público familiar, se alargaba hasta altas horas de la noche y en días laborables. Hecho que no ha impedido que casi seiscientos mil niños hayan permanecido pegados a la pantalla contribuyendo al éxito de audiencia.

Son muchas las noticias que se han dado sobre cifras de cuota de pantalla, de número de espectadores, desgranando su edad, sin ningún tipo de problema. Sin que nadie se escandalice. Será que yo soy un poco Rotemeier pero no creo que un niño tenga que estar mirando la televisión un martes o un miércoles a las once, ni a las diez de la noche. Y es que no sólo se han quedado a ver este programa “especial para niños”, sino que otros datos aseguran que programas de contenidos más adultos, como El hormiguero, por ejemplo, tienen un amplio número de pequeños seguidores.



Y es entonces cuando todo el mundo se sacude la culpa y mira hacia otro lado. Porque ¿de quién es la culpa? ¿de la televisión que programa sus espacios? ¿de los padres que permiten a sus hijos ver la tele a altas horas de la noche? ¿de los niños? ¿de quién?

Para mí es muy sencillo. Dado que la televisión es un negocio y como tal, mal nos pese, mira por sus intereses económicos y estratégicos, no podemos escudarnos, los padres, en que, como lo hacen a esas horas, pobres chiquillos. 

La tarea de los padres es remar constantemente contra corriente. Batallar cuando nos piden un móvil con diez años, cuando quieren un videojuego horas y horas sin descanso, cuando sólo quieren comer helados… No es fácil educar y enfrentarse a unos niños que, además, vienen cargados de mucha más información y muchas más tentaciones de las que nosotros teníamos en nuestra infancia. Pero eso no es excusa para delegar en otros nuestro papel como educadores de nuestros hijos.

Yo personalmente estoy totalmente en contra de que los niños se queden a ver la televisión hasta las tantas cuando al día siguiente deben enfrentarse a jornadas maratonianas de colegios, deberes, extraescolares. Los fines de semana se puede hacer una excepción, tampoco vamos a vivir amargados, pero hay que enseñarles desde bien pequeños que primero está la obligación y después la devoción.

Pero como digo siempre, esta es mi humilde opinión.

viernes, 14 de marzo de 2014

Conversaciones sobre conciliación‏



La mayoría de las tardes que recojo a mis pitufillos en el cole, caen rendidos en el coche y se quedan en silencio y quietecitos (más por agotamiento que por otra cosa). Pero a veces tienen ganas de parloteo, haciendo honor al gen parlanchín que deben haber heredado de mí.

Ayer mismo, mi pequeña princesa, con su bebé en brazos, me suelta desde el asiento de atrás: "mami, yo ya sé qué quiero ser de mayor". Yo que la miro por el retrovisor esperando su repuesta y me dice: "yo de mayor quiero ser mamá". Ole que ole. Con su sonrisita tan linda y esa peca en el moflete que un día me la como, con su muñaco acunado en su regazo. Quizás es que se piensa que la maternidad es como lo que hace ella con su bebé, que cuando se harta lo apaga pero bueno. Por ahora no le vamos a quitar la ilusión ¿verdad?

Bromas aparte, la cuestión es que tras unos segundos de momento-para-el-recuerdo, responde mi caballerete, siempre tan racional: "pues claro, eso ya lo será, como yo seré papá, eso ya lo somos todos, pero a parte tienes que ser otra cosa, como mamá y papá". 

Está claro que mi hijo es fruto de nuestra generación, porque posiblemente esta misma conversación hace veinte o treinta años a mamá no la habría incluido en el pack laboral. 

Pero ahí no quedó la cosa porque acto seguido concluye. "Bueno, menos las señoras que trabajan en las tiendas. Claro, tienen que estar tantas horas vendiendo que no pueden tener hijos". 

Vamos, que hasta nuestros pequeños tienen claro que largas jornadas de trabajo y maternidad no son compatibles por una fantástica lógica aplastante. Para ellos les importa bien poco todo lo demás, sólo quieren estar muuuuuuchas horas con mamá. A ver si ya nos vamos enterando. A ver si él y su generación no se olvidan de la lógica aplastante y luchan de verdad para que las "que trabajan en las tiendas" y todas las demás currantas que se dejan la piel fuera de casa puedan disfrutar de la maternidad.

sábado, 8 de marzo de 2014

¿Día de la mujer trabajadora o asalariada?



Hoy se celebra el día de la mujer trabajadora, por si alguien aún no se ha enterado. Una celebración que se remonta al año 1910 cuando mujeres pioneras se unieron para defender sus derechos como trabajadoras. Aquellas fueron mujeres valientes, que defendieron los derechos de otras muchas mujeres que trabajaban en las fábricas largas y extenuantes jornadas. Una lucha que no se debe desdeñar sino aplaudir.

Pero hay momentos en los que, además de conmemorar y recordar grandes hechos del pasado, deberíamos reflexionar sobre si es necesario dar una nueva vuelta de tuerca a la cuestión. 

En este sentido, me gustaría que empezásemos a pensar en la mujer trabajadora con una visión más amplia. Es decir, que analizáramos el papel de la mujer no solamente en su ámbito profesional, en su puesto de trabajo remunerado, sino también en el otro papel que, no por ser "gratis", debería ser denostado. Porque las mujeres, sobretodo al convertirse en madres, se dan cuenta con mucha claridad de esa dualidad. De lo que muchos historiadores denominan muy gráficamente como "la doble carga".

Pienso que deberíamos empezar a tener claro si cuando hablamos de mujer trabajadora hablamos sólo de mujer asalariada o también de mujer encargada de su hogar, familia, hijos, para así poder reivindicar de verdad ayudas para los dos ámbitos vistos de manera conjunta. Rescato en este punto una fantástica cita de uno de mis libros de cabecera sobre la historia de las mujeres. 

La sociedad patriarcal establece que las mujeres deben estar recluidas en sus casas, atendiendo a lo que se ha denominado como tareas domésticas, pues son las que se realizan dentro de la casa para atender a las necesidades familiares. Las obligaciones de las mujeres deben quedar reducidas a la atención de su familia y, por eso, no son remuneradas, ni son consideradas como un trabajo, ni tienen reconocimiento social. Pero no debe olvidarse que toda esta serie de tareas, cuando es una persona ajena a la familia la que las lleva a cabo, se convierten en trabajos que reciben una remuneración. Por tanto, su consideración económica depende de la vinculación familiar de la persona que ejecuta la tarea, no de la tarea en sí misma. El ámbito familiar es el que establece la desvalorización económica de las actividades que las mujeres de la familia realizan en su seno. Por ejemplo, una mujer que lava la ropa de su familia está cumpliendo su obligación. Si esta misma mujer lava la ropa de otra familia recibe un salario y tiene el oficio de lavandera. 
[...]
El núcleo familiar se define como un espacio productivo, en el que una parte de la sociedad, la masculina, se beneficia de una serie de plusvalías que origina la mano de obra gratuita que son todas las mujeres de la familia. Pero, además, junto al cumplimiento de sus obligaciones, las mujeres, como una prolongación de aquéllas, colaboraban en el trabajo del marido, padre, hermano o hijo, siempre que este se desarrollara en el ámbito familiar. Hay que recordar que los talleres de los artesanos, que tenían venta directa y los establecimientos de los mercaderes formaban parte de la vivienda familiar. 
[...]
Junto a las tareas domésticas hay que valorar también las tareas reproductoras, que no sólo consisten en la perpetuación de la especie sino en la crianza, cuidado y educación de las hijas e hijos .

A pesar de que estas palabras están situadas en un capítulo que habla de la Edad Media y los primeros conatos de alejamiento de la mujer del hogar colaborando en los talleres familiares, bien lo podemos adaptar a la sociedad de la revolución industrial y a nuestro tiempo actual.

El papel de la mujer hoy en día es ciertamente complicado. Debe llevar la carga del hogar y responsabilizarse de unos hijos a los que se da cuenta que no puede compaginar con facilidad con su horario laboral. Vamos que eso de la conciliación, de lo que tanto y tan largamente se ha hablado aun no es una verdadera ni satisfactoria realidad. 

Deberíamos valorar de verdad, con responsabilidad social, ese papel de la mujer como responsable de la crianza, de la educación, del bienestar (físico y mental) y de los valores de una niños que serán los adultos del futuro. Un trabajo que no se puede medir con datos objetivos y que ninguna administración está por la verdadera labor de ayudar en este sentido. Porque es un trabajo en el que no se puede fichar, porque estás día y noche, siete días a la semana enfrascado en él. Y porque es una tarea en la que se entremezclan también sentimientos difíciles de dejar de lado o analizar objetivamente.

Esperemos que algún día podamos conmemorar este día como algo del pasado, porque ya no tengamos que reivindicar nuestros derechos como personas, como trabajadoras, profesionales, asalariadas, madres, mujeres. 

Cita extraída del libro Historia de las mujeres en España y América Latina (Tomo 1) de Isabel Morant

miércoles, 5 de marzo de 2014

Ni pan bajo el brazo ni manual de instrucciones



Cuando ya habíamos asumido que los bebés no vienen con un pan (ni tan siquiera un panecillo) bajo el brazo y que tampoco traían de serie unas instrucciones básicas, las sufridas madres volvemos a ver sacudidos nuestros pilares. 

Antes de que nadie se me eche a la yugular (concretamente en forma de mensajillo anónimo desagradable) ya aviso que no voy a cuestionar el trabajo profesional de nadie. Pero al ver la portada de un libro sobre educación (¿adoctrinamiento?) infantil, no puedo dejar de alucinar. El libro en cuestión, firmado por la Supernanny más famosa de la televisión, lleva como título: Niños: instrucciones de uso "El manual definitivo".

No voy a poner en duda que esta psicóloga haya conseguido grandes logros con los niños que aparecen en su programa televisivo ni tampoco voy a hablar del contenido del libro en cuestión porque no tengo ningún interés en leerlo. 

Lo que me parece tremendo es utilizar este tipo de afirmaciones contundentes con el claro objetivo de conseguir un alto porcentaje de ventas. Como ya hicieran anteriormente otros grandes del márketing que se han lucrado a base de afirmar tener la fórmula magistral y definitiva para que los bebés no joroben por la noche a sus padres (por poner un ejemplo de todos conocido). 

No nos olvidemos que este tipo de libros van dirigidos a padres que posiblemente están desesperados y desorientados y necesitan (o creen necesitar) una fórmula definitiva. ¿Qué pasa, que es tan fantástico lo que nos van a contar que no habrá lugar a correcciones ni revisiones? Así mismo hablaron otros en el pasado y ahora parece que sus técnicas ni son tan efectivas ni mucho menos beneficiosas. 

¿Qué significa el manual definitivo? ¿Acaso los seres humanos somos lavadoras? Ni tan siquiera el fantástico aparatejo que nos facilita el día a día tiene el mismo libro de instrucciones cuando hablamos de un modelo o marca distinta. Me parece a mí que, de la misma manera que los adultos tenemos caracteres, bagajes biográficos distintos y experiencias que nos hacen diferentes (gracias al cielo) unos de otros, deberíamos empezar a pensar que en el caso de los humanos en sus primeros meses, años de vida, también son distintos unos de otros, y no sólo por ser unos más rubios o más regordetes que el de la habitación de al lado. 

Es cierto que sí hay unas pautas básicas iguales, más o menos, para todos, como la alimentación o los hábitos lógicos de higiene o conducta (me refiero a cosas tan sencillas como enseñar a coger la cuchara, dar las gracias, compartir...). 

Para estas cosas yo creo que más que un manual de instrucciones lo que necesitamos madres y padres es el sentido común y empezar a respetar a nuestros hijos como seres individuales dentro de una sociedad empeñada en crearnos como si fuéramos coches salidos de una cadena de montaje (y ni estos son todos iguales).

Me da la sensación que hace ya mucho tiempo que el mundo de los bebés y los niños se ha convertido en una importante fuente de ingresos en forma de objetos no siempre necesarios o libros empeñados en hacernos creer que en ellos encontraremos la fórmula magistral para que nuestros pequeños dejen de ser lo que son. La infancia es un periodo difícil de nuestra vida, sobretodo para los padres que deben guiar esos años. Pero yo creo que ningún libro o manual de instrucciones nos facilitará el elixir de la eterna felicidad en lo que a la crianza de nuestros hijos se refiere. 

Educar, escuchar, respetar, amar. Para mí ese es el manual de instrucciones que quiero para mis hijos y no las palabras de alguien que demuestra tener muy poca humildad, que no sabe cómo es mi hijo y cuyo objetivo final no sé muy bien cuál es.

lunes, 3 de marzo de 2014

October baby, una historia para reflexionar



No quería hablar de un tema tan difícil como el aborto. Simplemente porque no creo que posicionarse drásticamente hacia un lado u otro sea conveniente. Pero este fin de semana tuve la ocasión de ver una película preciosa que aborda el tema de manera un tanto diferente y me apetece compartirla. 

El film en cuestión se titula October baby y relata la historia de una joven de 19 años que descubre que detrás de sus ataques epilépticos y sus continuos estados de ánimo depresivos está un parto prematuro. Sus padres le explican entonces que ellos no son sus padres biológicos y que fue abandonada por su madre verdadera tras un aborto voluntario fallido. La historia de por sí me pareció bastante distinta. Nunca se me había ocurrido que un aborto, a las veinte semanas, pudiera no terminar con "éxito" y la criatura llegara a sobrevivir. 

El relato de la búsqueda de la verdad por parte de la joven es ya de por sí interesante y emotivo. Pero en su camino hacia sus propios orígenes donde espera encontrar las respuestas a muchas preguntan se topa con distintas personas que ayudan a completar el mensaje, un mensaje de amor, de perdón, de respeto

Un policía ayuda a Hannah, la joven, a encontrar a la enfermera que estuvo presente en su nacimiento, un día de octubre. El relato de la mujer es conmovedor, cómo explica que para ella los pequeños abortados no eran tejidos como le hacían creer, sino seres humanos. Vi la cara de un niño, fueron algunas de sus emotivas palabras. 

En su viaje conoce también a un sacerdote, un hombre de fe que conduce a Hannah hacia el perdón, que ilumina su camino para que deje atrás el rencor que siente hacia una madre que un día quiso deshacerse de ella y llegue a perdonarla para sanar su propio corazón. Sin juicios de valor, sin acusaciones vanas. 

October baby es un canto a la vida que sorprende con un final en el que la actriz que interpreta a la madre biológica confiesa que ella misma sufrió un aborto en su juventud, hecho que hace que su interpretación cobre aún más importancia. 

Una de las cosas que dice Gianna Jessen, la actriz que interpreta a la madre biológica de Hannah, en su declaración al final de la película es que la mujer, a lo largo de la historia, ha sido constantemente acusada y criticada cuando ha experimentado un embarazo fuera de las lógicas sociales y religiosas. Si el mundo, si los hombres y mujeres acusadores, en vez de apuntar con el dedo de la condena hubieran acompañado, comprendido y ayudado a esas mujeres, a lo mejor, no habrían tenido que llevar en su corazón el dolor de una vida interrumpida. Porque no creo que ninguna mujer, en su sano juicio, decida abortar y quedarse tan feliz. Y si decide tan complicado camino, no creo que nadie tenga el suficiente poder como para acusarla con ligereza. Tiene que ser un duro trance, lo suficientemente difícil como para encima tener que soportar la condescendencia de una sociedad demasiado acostumbrada a juzgar y poco a ayudar y comprender

Al margen de creencias religiosas, de ideologías políticas, el tema del aborto debería ser tratado con más respeto, sin eslóganes fáciles y demagogos, sino intentando entender por qué una mujer se ve obligada a vivir un trance que le marcará para toda la vida

Me ha gustado mucho la historia de October baby porque, a mi entender, da un mensaje de respeto y perdón, intentando entender las decisiones de cada uno, sin juicios gratuitos. Ojalá el mundo aprendiera de verdad a escuchar, aceptar y respetar y se olvidara de una vez de acusar gratuitamente. Puede que entonces muchas mujeres no tuvieran que sufrir el drama del aborto. 

viernes, 28 de febrero de 2014

La crueldad de los cuentos clásicos



A menudo se tiene la creencia generalizada que todo aquello considerado antiguo o clásico es verdad inamovible o incluso mejor que lo actual. En algunas cosas sí que creo que es así, pero en otras tengo mis dudas.

Cuando por las noches leemos uno, dos (o tres) cuentos antes de ir a dormir, los enanos escogen en la amplia librería de cuentos infantiles que tienen y en la que se entremezclan historias clásicas con aventuras de animalillos o muñacos modernos de la más estrambóticos.

La cuestión es que últimamente no sé por qué siempre caen a mis piernas para la lectura nocturna las recopilaciones de los clásicos de toda la vida. Y leyendo algunos de ellos, he caído en la cuenta de lo poco entrañables que son. Cuentos que cuando leía de pequeña me parecían de lo más pero que ahora, releyéndolos con una visión adulta, no me lo parecen tanto.

Por poner algún ejemplo, los padres que abandonan a sus hijos, como los de Hansel y Gretel o Pulgarcito, porque son pobres y no los pueden alimentar y, sin ningún miramientos los dejan solos en un bosque amenazador. Luego está la manía de comerse a los pequeños, bien sea por parte del ogro de Pulgarcito (que, por suerte no lo consigue), la malvada bruja de la casa de chocolate que, encima, se los quiere comer cocinándolos en un horno (ahí es nada) o los recurrentes lobos como el famoso de Caperucita. Aquí entra entonces la visión sanguinaria de los cazadores en este caso o una dulce mamá cabra en el cuento de las Siete Cabritas, abriendo en canal a un animal somnoliento para sacar de dentro, vivitas y coleando a sus víctimas. 

Lo dicho, quizás es que ahora estoy más sensible y la violencia me afecta mucho más que hace años sin poderla tolerar ni siquiera en un, aparentemente, inocente cuento infantil. No me extraña que estos hayan sido inspiración para películas para adultos en las que se muestra el lado más cruel de estas historias leídas, contadas, narradas, infinidad de veces. 

Y, a pesar de que acostumbran a terminar con final feliz, a mí, personalmente, me dan muy mal rollo. De modo que intentaré redirigir el interés de los niños hacia las fábulas de animalillos o a cuentos modernos más inocentes.